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Vladimir Putin y el neoimperialismo ruso

Vladimir Putin y el neoimperialismo ruso
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Un antiguo proverbio ruso dice: «Pega a los tuyos y los demás te temerán». La cultura política rusa ha heredado de la URSS una xenofobia victimista que impulsa la imagen de un pueblo ruso asediado por todos lados y sometido a constantes humillaciones. La lista de agravios reales o ficticios es larga. El sentimiento de humillación ha llegado a ser compartido por una parte importante de los rusos, incluso por aquellos que se han beneficiado de la transición. Esto ha llevado al surgimiento de un ansia de revancha hacia Europa y EEUU que ha acabado canalizado como agresión. Pero para explicar la forma en que esa agresión se ha desplegado, tenemos que entender cómo se ha creado una idea neoimperial que, no lo olvidemos, no es una mera sucesión del impulso hegemónico de la URSS.

Vladimir Putin no es un neocomunista que intente revivir la doctrina Brezhnev de la soberanía limitada. Tampoco es un nacionalista sin más. Durante décadas, Putin ha evitado referirse en público a los rusos como etnia. Su discurso fue siempre el de una Rusia multicultural, aunque liderada por los rusos. En eso, intentaba conciliar la idea soviética del pueblo ruso como vanguardia de una URSS plural con las percepciones del país que surgieron en la época de la democracia radical de los años 90. Rusia sólo tiene un 77% de rusos étnicos, y el resto incluye un número bastante elevado de musulmanes, con especial presencia en algunas zonas como el Tatarstán y el Cáucaso. Una ideología nacional que olvidara esto no tiene muchas posibilidades de ser aceptada en el país.

Pero esta realidad ha ido desapareciendo poco a poco de la ideología de Putin. Según crecía la distancia hacia un Occidente considerado cada vez más decadente, Vladimir Putin iba incorporando a su visión del mundo un nacionalismo integral, con algún recurso étnico, al que ha ido añadiendo diversas coberturas ideológicas. Algunas son contradictorias como un antifascismo que aplica la etiqueta de fascista a todo lo que se le enfrenta, mientras expresa un patriotismo reaccionario y un culto a la violencia y el militarismo que puede muy bien calificarse como fascista. Otras se encuadran en un rearme ideológico reaccionario, más que conservador, propio de los movimientos populistas antiglobalización. Algunas características de esta ideología como la persecución de los homosexuales, el ensalzamiento de la familia tradicional o la promoción de un patriotismo exacerbado y con rasgos xenófobos han formado parte de una visión de recuperación imperial de Rusia. Más allá de una simple tendencia a la extensión territorial y de las habituales exigencias de seguridad exterior, el nuevo imperialismo ruso tiene una pátina ideológica muy clara.

Un factor esencial del nuevo imperialismo ruso ha sido el retorno de la Iglesia ortodoxa. Bajo la égida del patriarca Cirilo I desde 2009, la Iglesia ortodoxa ha recuperado toda la influencia social perdida durante el régimen comunista. En la época de la URSS, estaba completamente infiltrada por el KGB y los vínculos con la policía parecen haberse mantenido. Putin le ha restituido propiedades en grandes cantidades y le ha concedido privilegios como el de la educación (vetado a la Iglesia católica). Cirilo I le ha devuelto el favor usando su autoridad para apoyarle, como ahora con la invasión de Ucrania.

En parte, las tesis más oscurantistas de la Iglesia ortodoxa han alimentado la extensión del sentimiento de revancha. La división de los ortodoxos en Ucrania con motivo de la anexión de Crimea en 2014 ha afectado al patriarca moscovita, que reclama con violencia la supresión del cisma. Hay pequeñas comunidades ultras que le rezan a Putin como hombre providencial y algunos ministros han hablado de él como un «enviado de Dios».

El imperialismo que se ha ido construyendo en los últimos 20 años sueña con reconstruir la extensión original del imperio ruso -no sólo de la URSS- y con hacer valer a Rusia como una potencia a la altura de EEUU. Al principio de su mandato, Putin ponía como modelo al Chile de Pinochet. Un sistema que hiciera compatible el mercado más neoliberal con un control social autoritario y con el uso selectivo de la violencia. Pero el régimen de Putin, lastrado por la corrupción, el monopolio rentista de los hidrocarburos y el centralismo autoritario y mafioso, ha sido incapaz de conseguir una recuperación como potencia a través del crecimiento económico. Solo le ha quedado la posibilidad de, mediante la agresión militar, hacer que le teman los demás.

José María Faraldo es profesor Titular de Historia Contemporánea de la UCM y autor, entre otros, de Contra Hitler y Stalin. La resistencia en Europa, 1936-1956, (Alianza, 2022) y El nacionalismo ruso moderno (Báltica Editorial, 2020).

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Diario Hispano

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